La familia viaja en velero


Primero en Puerto la Cruz y después en Caracas, hemos tenido la suerte de encontrarnos y compartir experiencias con la familia De la Hoz-Agirre. Amaia, Emilio, Izar y Hodei cruzaron el Atlántico navegando y se encuentran viajando por las costas sudamericanas en el “Silver Cloud”, su casa flotante, un velero de 11 metros de eslora.


La familia al completo incluyendo a Sua, la perrita.

Si viajar una pareja en un velero no es sencillo, menos tiene que serlo hacerlo con dos hijos pequeños. Amaia nos cuenta que no es fácil no pero si satisfactorio, conozcamos toda la historia.

¿Cómo surgió el viaje?

La historia comenzó como un sueño de Emilio, él siempre había querido viajar, especialmente en barco. Me lo propuso y bueno ¿Por qué no? Aunque no me lo terminaba de creer.

Fuimos ahorrando. Primero compramos un velerito, aprendimos a navegar, y con el tiempo, compramos el velero grande, el de 11 metros. Y ahí si, el sueño se había materializado, ya lo teníamos, y los planes eran dejarlo todo y salir por el mundo a navegar, así que lo hicimos.

¿Cual era vuestra situación?

Emilio trabajaba como jardinero pero por libre, por lo que no tenía mucho problema. Yo estaba fija de profesora de inglés en un colegio y por si acaso, en lugar de dejarlo cogí una excedencia.

Pero al poco tiempo me quedé embarazada de Izar y más tarde llegó Hodei por lo que los planes cambiaron. No queríamos retomar la vida que teníamos y para no echarnos atrás nos fuimos a Mallorca, donde vivían mis hermanos. Nos quedamos en la isla un par de años, vivíamos en tierra, aunque navegábamos bastante.

Allí comencé a estudiar enfermería para ser capaz de poder responder a una emergencia donde no pudiéramos encontrar un médico.

Cuando nos pareció que Hodei estaba ya grande para viajar nos trasladamos a Canarias, que es donde se reúnen todos los barcos que vienen de Europa para cruzar el Atlántico. En velero no puedes hacerlo en cualquier momento, tienes que esperar a que el viento sea favorable, entre noviembre y enero.

Allá vivimos en el barco y trabajamos durante un año, hasta que llegó el momento de continuar. Preparamos el barco para la travesía y el 8 de enero de 2.007 por fin partimos.

¿Cómo os planteasteis cruzar el océano?

Era todo un reto porque la navegación oceánica es muy diferente a moverte por la costa, que es lo que habíamos hecho hasta ese momento. Cerca del litoral sabes que en una urgencia puedes contar con ayuda pero en medio del océano no, estás muy desprotegido, por eso cruzar el Atlántico es una buena aventura, especialmente la primera vez.


El barco tiene que tener de todo pero en un espacio reducido. A la derecha y con la forma de la proa, el dormitorio de Amaia y Emilio.


Al otro lado está el minibaño.

¿Qué ruta seguisteis?

Fuimos de Canarias a Cabo Verde en 5 días y allá empezó la verdadera aventura, en el paso de África a Sudamérica, de Cabo Verde a Fernando de Noroña, un archipiélago situado en la costa oriental de Brasil. Fueron 15 días y se nos hizo largo porque éramos sólo dos adultos a cargo de todo, navegar, cuidar de los niños, y especialmente hacer las guardias, cada 3 horas día y noche nos turnábamos al timón, agotador.

¿Qué fue lo más peligroso?

Aunque suene extraño, lo más peligroso no son las tormentas sino las calmas, la ausencia de viento, quedarte parado en medio del océano y que se te acabe el combustible, la comida o el agua. Aunque nos tocaron algunos días de calma fueron pocos y en ningún momento estuvimos en peligro. Las tormentas las pasamos bastante bien, tengo que decir que los críos se portaron como unos jabatos. Al final fue mejor de lo que pensábamos.


La habitación de los pequeños se encuentra atrás, en la popa.

¿Y llegasteis a Fernando de Noroña?

Si, besamos tierra, los cuatro. Estábamos cansados pero muy contentos de que todo hubiera ido tan bien. La isla nos encantó. Es Patrimonio de la Humanidad y hace falta un permiso especial para entrar, pero a quienes llegamos en velero cruzando el Atlántico nos dejan pasar unos días.


Amaia da clases a los niños cada día.


Otro ángulo del salón principal.

¿Y de allí?

Descansamos un poco y seguimos hacia Natal. Llegamos en febrero y nos quedamos una temporada navegando por la costa brasileña. Nos encantó la gente, los brasileños son adorables. Después, en verano, volvimos a Euskadi a visitar a la familia y Emilio fue a Mallorca, a trabajar como patrón en un yate durante una pequeña temporada, fue un encargo.

¿Dejasteis el barco en brasil?

Si, después del verano volvimos a Natal, lo recuperamos y continuamos rumbo norte, hasta llegar a la Guayana Francesa. De allí fuimos a Trinidad y Tobago pero el trato con la gente no nos gustó y después de una semana continuamos.


Emilio prepara un café en la pequeña cocina del velero.

Pasamos por Los Testigos, unas islitas muy bonitas donde sólo viven pescadores. El lugar es maravilloso, aguas cristalinas y gente muy agradable, pero tenía el problema de que no había nada, ni agua, todo lo traen de fuera, y como andábamos cortos de víveres sólo pudimos quedarnos una semana. Con mucha pena partimos rumbo a Margarita, una isla venezolana muy turística. Demasiado civilizada para nosotros, tras un par de semanas continuamos hacia el continente. Llegamos a Cumaná, en la costa venezolana, y de allí a Puerto la Cruz, donde estamos ahora.


La mesa donde están los aparatos de navegación, y reposa Mickey Mouse.

¿Cuál es la diferencia entre lo que esperabas antes de “embarcarte” y lo que has vivido?

Debo reconocer que salí con muchos miedos, especialmente por los niños, me agobiaba por ellos, por su educación, por las enfermedades, la fiebre amarilla, el paludismo… Y en realidad, por lo general, ha resultado mucho más fácil de lo que esperaba. En lo personal lo más difícil fue adaptarme al reducido espacio del barco y a la falta de comodidades. El resto ha sido ir perdiendo los miedos y ganando confianza. El balance lo veo muy positivo, mucho más de lo que esperaba. Antes de salir pensaba que como era una decisión nuestra, en último extremo, si es estilo de vida no nos convencía volveríamos a casa “y ya está” y ahora pienso lo contrario, que “el día que tengamos que volver me va a dar algo”, ésta es una vida muy intensa, que te llena mucho.


Izar y Hodei.

¿Y que crees que el viaje está significando para los niños?

Creo que tendrán que evaluarlo ellos más tarde, mirando hacia atrás, aunque estoy segura de que les es muy positivo. Continuamente viven realidades diferentes de las que tendrían en casa, aprenden del mundo, conocen gente de diferentes estilos de vida, culturas y escalas sociales, otros niños con unas realidades totalmente diferentes... Bueno, conocen niños cuando llegamos a tierra, me gustaría encontrar otras familias que viajen en velero, con otros niños navegantes, pero desgraciadamente apenas los hay, por eso cuando llegamos a tierra están locos por jugar, pero son muy sociables y enseguida encuentran amigos, lo hacen muy bien.

Yo diría que lo más duro es el tema de la educación, conseguir hacer la escuela en el barco. Me toca a mí y lo sufrimos los tres. La educación formal no está adaptada a una vida como la nuestra y el contraste es demasiado grande. Vivir una vida con un alto grado de libertad y al mismo tiempo aprender formalmente el texto 1 del tema 1 del libro 1,… pero bueno, tenemos que hacerlo y lo hacemos. Tal vez un día me plantee aprovechar mi experiencia docente y la experiencia en el barco para preparar un material mejor adaptado a situaciones como la nuestra.

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