Buna y Mónica


Atins, 26 de mayo de 2007.

Cuando llegamos a Atins en barco tuvimos la suerte de que el pescador nos dejase en el embarcadero de la “Posada Rancho”. La primera impresión fue “aquí no vamos a poder quedarnos” porque el lugar es más lujoso de lo que solemos usar y por lo tanto más caro, pero cuando Buna y Mónica, los dueños, nos vieron llegar con la bicicleta cargada mostraron una gran sensibilidad y nos hicieron muy fácil la estancia con ellos. Primero nos hicieron un buen descuento y cuando les mostramos las primeras fotos que sacamos de los Lençois aceptaron la propuesta de pagar la estancia con un trabajo fotográfico sobre la posada.

El lugar en un paraíso ecológico que cuenta con una biodiversidad muy amplia. A pocos minutos caminando de aquí se llega a la playa, al igarapé, al pueblo de Atins y a las dunas de los Lençois Maranhenses, y cada uno tiene su atractivo y unas determinadas características biológicas.


Los Lençois Maranheneses, un enorme campo de dunas que en la época húmeda presenta miles de pequeñas lagunas.

Nos lo explica Buna:
“Éste es un lugar riquísimo en fauna, flora, e incluso en cultura humana porque todavía estamos bastante aislados y la población guarda costumbres y tradiciones muy antiguas. Pero una cosa es venir a pasar aquí unos días y otra quedarse a vivir. Para esto último se necesita una sintonía mayor con el lugar. No hay mucha gente que pueda vivir sin Internet ni celular. Ya hay quien llegó e intentó quedarse, el primer mes le parece el paraíso pero poco después el paraíso empieza a presentar defectos y más tarde está lleno de problemas, especialmente antes, cuando vivíamos sin electricidad”.

“Yo llegué hace 27 años, cuando realmente era una aldea de 4 casas de pescadores a la que no venía nadie, y enseguida sentí que era el lugar donde quería quedarme a vivir. Pero también entendí que vivir aquí exige adoptar el estilo de vida de la gente local, simplicidad, disfrutar de las pequeñas cosas y sobre todo mucha tranquilidad, el tiempo aquí no corre y no puedes exigir que la gente acelere su ritmo sino que tienes que ralentizar el tuyo”.

“Vivir aislados, a 5 horas de barco de la ciudad, tiene cosas buenas y no tan buenas, pero estas segundas creo que ya están minimizadas. Si alguien se pone enfermo el pueblo cuenta con un pequeño puesto de salud y si es algo más grave existe una “ambulancha” que puede trasladar al enfermo/a al hospital de la ciudad. También existe una escuela de Enseñanza Básica aunque para continuar estudiando los jóvenes tienen que salir fuera.

Lo bueno es mucho, vivir en la naturaleza, con un ritmo más humano que el de las ciudades, sin coches, ni ruido, ni polución, sin violencia ni inseguridad,… ¡No tenemos ni un policía!”

Buna conoce el potencial turístico de la zona y sabe que va a crecer mucho pero es un “hostelero” muy particular y a pesar de ser supuestamente bueno para el negocio, reconoce que su único “miedo” es que sea más de lo que la pequeña localidad puede asimilar sin perder su personalidad. Afortunadamente el hecho de ser un Parque Nacional es una circunstancia muy favorable y debería ser suficiente para protegerlo.


Vista panorámica del lugar

Buna nos cuenta que construyó la posada por si mismo con la ayuda esporádica de algunos vecinos del pueblo. “Construir y crear es lo que me gusta, el trabajo fue duro pero lo hice a gusto.


Comedor de la posada. Buna levantó todo esto él mismo.


En la parte de arriba el lugar perfecto para echar una siesta en la hamaca y disfrutar de las hermosas vistas de los alrededores.


La recepción desde el mirador.


Detalle de una de las cabañas.

Buna reconoce que no todo ha sido fácil.
“Los problemas comenzaron cuando abrí la posada. Yo tengo un buen corazón y acojo a quien llega no como un cliente sino como a un nuevo amigo, y así lo trato, lo que pasa es que hay gente que exige ese trato de cliente, distante, exigente, y se me hacía difícil, especialmente cuando alguien comenzaba a quejarse. Había gente que llegaba y protestaba porque en la habitación no encontraba una televisión o aire acondicionado, sin pensar que acaba de llegar la electricidad y existen limitaciones, o en este paraíso de la naturaleza rodeados de vida, le molestaba encontrar un pequeño animal en el baño.


Sapillos inofensivos como éste son habituales vecinos de los huéspedes.

Llegó un momento en el que esto me superó y decidí vender la posada pero en esa época llegó Mónica y nos enamoramos, eso fue hace poco más de un año”.

Continúa Mónica:
“Yo trabajaba como secretaria en Sao Paulo pero no era completamente feliz con lo que hacía y sentía que me faltaba algo. En unas vacaciones de desconexión del trabajo llegué por casualidad aquí, conocí a Buna y nos enamoramos. Decidí cambiar mi vida de seguridad en la ciudad por vivir aquí rodeada de naturaleza y llevar juntos la posada”.

Y la verdad es que se les ve una pareja feliz y complementaria, él es un artista y ella lleva con enorme simpatía y organización el pequeño negocio que ahora funciona con gran eficacia.


Buna y Mónica junto al personal de la posada.

Después de unos días con Buna y Mónica salir de Atins fue como volver a salir de casa.

Más información sobre Buna y Mónica: Pousada Rancho



Recibe nuestro boletín mensual.
Email: